ASTOLFI micronovela completa del Vasco Arrizabalaga

Vasco Arrizabalaga

CAPITULO 1

Eran las 19:30 cuando subí al tren San Martín en la estación Palermo. Tenía que despedirme de un amigo en Villa del Parque, y no quería llegar tarde. Eran solo tres estaciones y me distraje mirando por la ventanilla entre los gritos de los vendedores ambulantes. El ruido de la ciudad empezaba zumbarme en la cabeza. Hacia un par de días que había vuelto a Buenos Aires después de muchos años, y tenía pensado volverme al día siguiente a mi pueblo del sur. Una visita rápida con la excusa de trámites menores para en realidad recorrer las librerías del centro, los bares que me gustaban y respirar el aire de esa ciudad enloquecida de la que me había ido hacia 20 años pero que cada tanto me llamaba con su canto de sirenas.
En la estación Chacarita se vació medio vagón y cuando el tren paró en La Paternal me colgué mirando una señora en el andén que hacía equilibrio con una canasta gigante de chipá sobre la cabeza. Sentí que el tren se movía y por instinto levanté la cabeza para mirar alrededor. Al principio pensé que me confundía, que no podía ser tan justo ella. Me quedé mirándola, incrédulo de volver a cruzarla en mi vida.
Hipnotizado, no bajé en Villa del Parque y para cuando el tren cruzó la General Paz estaba convencido que no la dejaría ir como la última vez, y me dejé llevar.
Entre el paisaje del conurbano que me ofrecía la ventanilla y las miradas de refilón a ella fueron pasando las estaciones. Estaba distinta, y tan hermosa como siempre. Volvió a mirarme unos segundos por encima del hombro y después volteó la cabeza. Pensé en acercarme y decirle algo, pero sentía aserrín en la garganta. ¿Dónde bajaría? ¿Qué sería de su vida? ¿Porque tenía que cruzarla justo?
Fueron pasando las estaciones: William Morris, San Miguel. Me sorprendí pensando en qué si las cosas eran así, por algo sería. Una frase hermosa, heredada de la puta moral judeocristiana inyectada sin apuro por generaciones enteras de mediocres que creyeron hacer lo mejor sin pensarlo demasiado.
El tren atravesó José C. Paz, Sol y Verde y Derqui hasta que paró en la estación de Villa Astolfi. María Paz se bajó del vagón sin mirar atrás, igual a ese lunes 20 años atrás en que se había ido de mi vida.

Capitulo 2

A María Paz la había conocido 20 años atrás. Ella salía de una galería por Avenida Cabildo y cuando la ví quedé pedaleando en la arena. El sol era un planazo en la frente y esa mañana me había despertado adentro de un container, después de una madrugada acunado con el coctel noventoso de alcohol fino, jugo Tang y Rivotril. Ella me miró desde las Topper mugrientas hasta la remera de Patricio Rey. Le solté un “hola” medio atrancado. Escuché su “hola”, y no lo pude creer. Ella parecía tan Belgrano y yo tan cachivache.
Estaba vestida con un jumper cuadriculado gris y verde con una camisa blanca, uniforme de escuela privada muy cara. El pelo rubio y lacio le caía por los hombros, no era muy alta y tenía los ojos más verdes que vi en mi vida. Parecía flotar en medio del gentío.
La invité a tomar una birra sin ninguna esperanza y su “dale” me hizo tragar saliva. Saqué las ultimas monedas y compré una Tecate en un maxikiosco sobre Ciudad de la Paz. Mientras caminábamos me contó que tenía 18 años, que estaba terminando la secundaria en el Belgrano English School y que vivía en Belgrano R.
– ¿Conocés…? -me preguntó.
– Algo -mentí
Nos besamos en plaza Noruega, en la misma vereda donde unos Skinheads me habían cagado a palos unas semanas antes. Después seguimos compartiendo la cerveza en silencio. Alrededor la ciudad hervía, pero no tenía importancia.
– ¿Dónde vivís? -preguntó.
– En el Abasto -respondí.
– Vamos… -dijo, sin preguntar si podía.
Tomamos el 168, y en el camino pensé en la cara que pondría la piba del Belgrano English School al entrar a la pensión mugrienta de Guardia Vieja y Agüero en la que yo vivía, repleta de putas, transas, chorros y buscas.
Subimos en silencio por la escalera que daba a mi habitación, ella recorrió con la mirada lo poco que había en el cuarto y me besó suavecito. Después nos perdimos entre las sábanas. Desde el patio se escuchaba “La Sonora Dinamita” y una cumbia colombiana que hablaba de amores imposible.
Esa noche María Paz se quedó a dormir por primera vez y yo le juré amor eterno sin decir una palabra. No sabía cuan doloroso sería el final, pero mucho menos imaginaba lo que el azar tenía tejido para nosotros.

Capitulo 3

En dos días tenía que estar en el sur, pero mi cabeza tambaleaba y esa tarde decidí volver a Villa Astolfi a buscar a María Paz. Una hora y media en tren, con las postales del conurbano profundo desfilando por la ventanilla.
Cuando bajé, el sol del otoño me abrigó. Miré alrededor: tres remiseros esperaban pasajeros en la vereda leyendo el diario, algún auto esquivaba las bicicletas que circulaban por el medio de la calle y abundaban las tonadas guaraníes que pasaban y se perdían.
Caminé sin rumbo por las calles de tierra bordeadas de zanjones con agua oscura. Los vecinos hablaban de patio a patio por sobre las ligustrinas. No se veía mucha gente caminando y en una esquina un grupo de pibes compartía una birra. Entré a un almacén diminuto donde convivían los paquetes de harina, las botellas de aceite y los DVD truchos. Pregunté si conocían “a una mujer rubia, de ojos verdes”. La señora me miró de costado y negó con la cabeza. Repetí la pregunta en un par de lugares más, pero la respuesta fue siempre una negativa con la cabeza. No me conocían y en el conurbano no son bien vistas las preguntas de desconocidos.
En un kiosco compré un Philip de 10, crucé la calle y me senté en el banco de la plaza. Una nena daba vueltas en su bicicleta con rueditas. Tenía el pelo teñido, unos cachetes enormes y cada tanto volvía a hablarle a un barbudo de bermudas, botines de obrero y una remera que decía “Hierros Bértola”. Cada vez que la pibita volvía a pedalear, él la miraba irse con una sonrisa nostálgica tal vez presagiando que con el tiempo esas idas serían más frecuentes hasta que no pudiese hacer nada. Entre el ladrido de unos perros y el escape libre de una motito se escuchaba sonar una cumbia. El barrio latía, pero yo estaba detenido. Caminé sin rumbo mientras caía la noche. Me senté en un barcito que también era rotisería y agencia de quiniela. Pedí un Gancia y me pregunté qué puta hacía en ese lugar del tercer cordón del conurbano persiguiendo un sueño del que ya me había despertado hacía rato. “Sos como los museos… Vivís del pasado”, me dije a mi mismo, mientras caminaba hasta la estación para volver a Retiro sabiendo íntimamente que volvería a buscarla. Una vez más…

Capitulo 4

– No me gustan los hippies; ni los políticamente correctos, ni los copados de la vida, ni los muy perfectos ni la reputa madre que los parió a todos – soltó una tarde mientras arrancaba la etiqueta del envase con la uña.
– Ahá… – dije.
– Me quedo con los descosidos, los reprochables –agregó ella.
– Los parias… – contesté.
– Totalmente – respondió, mirándome con gesto severo.
Después fue silencio durante un rato. Y de pronto empezó a contarme de su vida: única hija con doble apellido, padres con campos y mucho dinero, escuela privada con pasaje directo a una universidad también privada y un futuro asegurado. Pero lo único que no encajaba en toda esa ecuación era su cabeza inquieta.
– No hay nadie a quien le tema más que a mí misma, sabélo -me largó en la cara.
Nunca entendí porque nos habíamos saludado aquella mañana. Cuando la conocí no podía dejar de pensar en cuanto duraría esa realidad tan parecida a un sueño. Ella, una nena mimada de Belgrano R alumna de un colegio privado que jugaba al hockey, pasaba los fines de semana en country y veranos en Punta del Este durmiendo en una cama desconchada de una pensión roñosa con un lumpen rastrero que lo único que sabía era sobrevivir. No pasó mucho tiempo hasta que mostré las cartas:
– ¿Qué haces vos conmigo? -le dije una tarde mientras le acariciaba el pelo.
– Cojo -dijo suave, y dejando caer un silencio cruel.
Supe que estaba perdido cuando esa respuesta me sonó como un latigazo. Después hizo lo de siempre: giró la cabeza, me regaló una sonrisa y me besó la frente.
¿Cuánto dura una ilusión? Con el tiempo entendí de las similitudes que nos unían; de ese andar en bolas por la vida escapando sin saber de qué, como beatniks solitarios o esquirlas de una generación que parió perdidos, sonámbulos anestesiados o curiosos descarrilados. Desencajados, caminando al filo del vacío rebalsados de angustia; repletos de incertidumbres propias y ajenas. Buscando flores en los tachos de basura del caos irredimible. Una comparsa de desahuciados emocionales bailando sin ritmo en el carnaval de los 90. Era imposible que no nos encontráramos, pero también era imposible que no nos perdiéramos. Y fue así, hasta que volví a verla 20 años después.

Capitulo 5

No sé cuándo pasó. Capaz fue la primera vez que pensarla me robó una sonrisa, o el día en que me confió su primer llanto. Hasta conocernos habitábamos la misma ciudad sin saberlo, con realidades completamente opuestas. Tirado en la cama de la pensión pasaba horas pensando en cuantas tardes de soledad habríamos deambulado por la ciudad afiebrada, buscándole sentido al sinsentido; parcos en el carnaval de los optimistas, despreocupados en el mundo de los formales e inocentes en el juego de los perversos, hasta que un inexplicable revoleo del azar nos dejó jugando en la misma vereda.
La segunda vez que nos encontramos fue una mañana calurosa y húmeda de marzo en la esquina de Rivadavia y Jujuy. Me abrazó por la espalda y cuando me di vuelta ahí estaba, con una sonrisa tan rara como ella, entre el gentío y el ruido de la ciudad.
– Vamos a San Telmo -me dijo.
Y en el barrio viejo recorrimos las calles angostas, el mercado, los conventillos, y almorzamos en el bar Británico. Volvimos caminando desde Parque Lezama, por las calles transpiradas de una ciudad febril y desesperada. Después pasamos la tarde envueltos en sábanas retorcidas y cenamos cerveza y galletitas en un banco frio de Avenida de Mayo entre sonrisas y silencios. Y la noche se nos escapó envueltos en las mismas sabanas, más retorcidas aún. Después vinieron unos pasos de rocanrol ahogados por la alfombra, el mate y la madrugada atropellando, con la felicidad de que estuviese ahí y la melancolía contenida por saber que en un rato se iría. Después sí: Buenos Aires, noche, avenida, taxi y ya no estaba, pero se iba quedando.
No volví a verla, a pesar que busqué mil veces esos ojos verdes en rostros ajenos. Al poco tiempo decidí irme de Buenos Aires. Y cuando el micro movió de Retiro con destino a mi pueblo del sur, cerré los ojos y recordé la última tarde que la vi, aunque no sabía que sería la última, en una plaza de Coghlan. Esa vez no habló casi nada y después de un rato me acarició la mejilla y me besó con ternura:
– Te quiero mucho -dijo.
Sonrió, se fue caminando despacio sin girar la cabeza y yo volví a perder la brújula, pero esa vez para siempre.

Capitulo 6

Los años posteriores a mi vuelta de Buenos Aires transcurrieron en la quietud de mi pueblo sureño. Varios trabajos, algunos amores menores y la rutina marcando que todo estaba bien. Creo que no había vuelto a enamorarme porque después de conocer a María Paz, todas las recetas y definiciones de eso que dicen que es el amor quedaron colgadas como un chorizo en la ganchera.
– Yo que sé de qué se trata. Ni puta idea -me dijo una vez- son momentos…
– Capaz que son los silencios compartidos -dije.
– O las patas buscándose afuera de las sabanas -respondió sonriendo.
– O las ganas de tenerte al lado, siempre -largué, y ya no sonrió más.
Eramos un ida y vuelta que rara vez se encontraba. A ella le gustaba mi soledad, pero no podía saber cuánto me dolía, y yo amaba sus silencios sin darme cuenta todo lo que llevaba anudado en la garganta. Siempre me repetía que le fascinaba mi libertad, pero jamás se dio cuenta que nunca supe que hacer con ella. Había llegado a mi vida para dar vuelta la estantería de seguridades absurdas y darme luz, aún con sus sombras.
Fue difícil no pensarla. Había días que daban ganas de arrancarme esa parte del pasado, de despellejarme hasta los huesos para que se vaya con la piel; de meterme los dedos hasta el fondo de la garganta para vomitarlo, como ese vino berreta que antes tomaba desesperado. Miraba el rio quieto y pensaba en su mirada profunda, sus silencios y en todo lo que no sabía de ella, que era casi todo. A veces me sorprendía pensando en que algún día volvería a encontrarla, y que sería posible invitarnos con una sonrisa tímida a atravesar la memoria y agarrarnos de la mano para que el asuntito de caminar juntos nos dé un poco menos de miedo. Con el tiempo aprendí a no relatarla más en mi cabeza cómo un sueño que podría haber sido, porque en definitiva uno se vincula con el otro según se lo permiten sus fantasmas, y todo iba bien hasta que volví a Buenos Aires por unos días y por la puerta del vagón en la estación La Paternal volvió a asomarse a mi vida. Entonces me di cuenta que tenía todo, menos lo que me importaba.

Capitulo 7 FINAL

El boleto para volverme al sur tenía fecha para esa noche. Comí una sopa paraguaya y di vueltas por Retiro hasta que decidí volver a Astolfi a buscar a María Paz por última vez. La hora y media de trayecto los ocupé en recordar aquel capítulo de mi vida de hacía 20 años que había aprendido a camuflar, porque a veces quedamos empantanados en el barro de la nostalgia y hay que rajar despavorido de aquella versión oxidada en la que caminábamos por otras calles y otros abrazos. Bajé del tren y deambulé por las calles de Astolfi, ese lugar desconocido que empezaba a ser familiar.
Vi un cartel que decía “Casa de la cultura” y entré. Una piba flaquita y de anteojos me saludó con una sonrisa.
– Hola. Estoy buscando a una chica… Rubia, pelo lacio, de esta altura -dije, ilustrando con la mano.
– Creo que sé a quién buscas -contestó, y empezó a indicarme.
Caminé por una calle de tierra, para el lado de Manzone. Una catarata de perros me señalaba que era un extraño. Llegué al frente de la casa que me habían indicado y golpeé las manos. Pasaron unos minutos, la puerta se abrió y apareció María Paz. Quise decir algo, pero no supe qué. Saludé con la mano. Sonrió y me hizo señas para que pase.
– Me encontraste -me dijo al oído mientras me abrazaba fuerte.
Yo no pude hablar, y aproveché que no me veía para secarme una lágrima. Preparó mate, y aproveché a mirarla. El mismo cuerpo, el mismo gesto nervioso, la misma mirada intensa… La casa era chica y humilde. Amontonados en un rincón había algunos libros, de la ventana colgaba un mandala de vidrio de colores y en una de las dos paredes sin revocar colgaba un Berni auténtico. Conectó el celular a un parlantito y puso música. Escuché Los visitantes que cantaban “Antojo”: “Luz de mis ojos / tengo un antojo…”
– ¿Todavía los escuchas? -me preguntó con una sonrisa.
– No. Hace mucho que no -respondí.
Tomamos los primeros mates sin hablar, como reconociéndonos. Le señalé el cuadro que colgaba de la pared:
– ¿Es un Berni original…?
– Si. Resabios de otra vida -respondió con una sonrisa.
Después empezó a contarme de todos esos años: de los primeros viajes exploratorios por los abismos de su cabeza, de cómo los padres cambiaron la cuota de la universidad privada por una clínica psiquiátrica, de sus días deambulando por vidas ajenas, de cómo un día se despertó en Paraguay sin saber de qué manera ni con quien había llegado y de cómo en Astolfi encontró el lugar que nunca había tenido.
– Acá puedo ser yo ¿Entendés? -me dijo
– Vos podrías ser lo que quisieses… -le dije.
– Es que ya soy lo que quiero -respondió
La familia le pasaba una mensualidad, no para que esté bien sino para tenerla lejos. Hay quienes pretenden haber elegido lo que les tocó en suerte o lo que no han podido evitar. Pero ella no: a su manera había elegido, como siempre. Y yo también elegí no curiosear demasiado en su presente porque no hay que preguntar lo que no se desea saber…
– ¿Cómo terminaste acá? -pregunté.
– Es largo de explicar, pero vos sabés… siempre amé los márgenes.
Me dijo que no había tenido ganas de buscarme, y yo le dije que no tenía más ganas de pensarla. Hay cosas que solo aprendemos cuando los dolores acorralan la parte más inocente. Es necesario entender que con el paso del tiempo uno diseña su pasado a medida y yo entendí que todos esos años la había construido a medida de una adolescencia lejana, como un antídoto de los años que empezaban a atropellar.
Hablamos de todo lo que no había resultado en nuestras vidas. De los sueños despedazados, del futuro dinamitado y todas esas cosas que, en definitiva, son la vida misma, pero que elegimos disimular.
Su adicción era la búsqueda de libertad. En ese goce que implicaba el cortar amarras, la mayor batalla era contra ella misma, su mente atormentada y las turbulencias de ese vuelo que, me dijo, estaba empezando a no poder controlar.
– ¿Cómo estás? -pregunté.
– Libre… -respondió.
– ¿Aún así…? –
– Aún así…
Hubo un silencio y entendí que tenía que irme. En la vereda nos abrazamos y, al igual que hacía 20 años, me acarició la mejilla y me dijo al oído:
– Te quiero mucho –
La miré en silencio. Hay momento en la vida en los que no vale la pena hablar porque ciertas cosas solamente pueden gritarse con los ojos. Supe que la iba a extrañar un tiempo, porque no arde la ausencia en sí misma sino las huellas que hacen presente esa ausencia.
Me fui apurado y antes de doblar para la calle de la estación vi una muñeca rota tirada en la vereda. Una pepona vieja y desflecada a la que le faltaba una pata. Me quedé mirándola. Eso era María Paz: una muñeca rota en el conurbano, ardiendo en el exilio de su propia locura.
Caía la tarde cuando subí al tren. Miré por la ventanilla y no estaba en la estación ni correría el vagón ni ninguna de esas giladas. Ella no tenía tiempo para el amor porque estaba ocupada en sobrevivir y yo, aun jodido, derrotado y desilusionado tenía que aprender a hacer lo mismo, aunque no supiese muy bien para qué.

EPILOGO

Conocí Astolfi de nombre por dos amigos queridísimos que son de ahí, y pasaron unos años hasta que tomé el San Martín y bajé en esa estación donde se va terminando el conurbano. No se qué pasó esa primera vez… capaz fue porque había perdido un hogar hacia poco y en esa visita sentí íntimamente que Astolfi me abrazaba, sin conocerme y sin decirme una palabra. Y todas las veces que voy se convierte en mi lugar en el mundo por esos días. Ahí están las charlas con la flaca Claudia, las risas con Nico, las caminatas con la osa y su bici petisa, las sonrisas de Bahía y el Eze. Ahí está parte de mi otra vida, en esta vida más sanada. A los de allá, ojalá hayan visto su barrio en lo que escribí, ojalá perciban el profundo respeto y amor hacia su lugar que siento un poquito mío. ¿Por qué Astolfi? Por todo esto que les cuento y porque, como María Paz, amo los márgenes. Infinitas gracias por compartir estas lecturas, y a quienes les interese los invito a seguir leyendo y compartiendo. Un abrazo enorme.

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Un comentario sobre «ASTOLFI micronovela completa del Vasco Arrizabalaga»

  1. Gerardo Campos

    Una lectura para disfrutar en cuarentena

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